Anoche mi mujer quería festejar el mejor momento de su vida, el día en que cautivo y desarmado firme la rendición incondicional en un Registro Civil de La Plata, y fuimos a comer a Le Sud. Sé que algunos hubieran elegido otro lugar pero la sugerencia de algunos de los opinantes (Mario Sorsaburu, Esteban German Rozas, Julián Alvarado, Andy F Barquin) y antiguos recuerdos me inclinaron por el restaurante del hotel Sofitel que dirige con mano obispal Olivier Falchi (La otra opción, no mencionada por ninguno de los tertulianos, era La Bourgogne).
Muy buena comida, atención muy atenta y precios absolutamente contenidos para un lugar de esta categoría. Quizás ese mérito sea una de las razones del éxito porque a las 19:00 el lugar estaba completo y solo conseguí sitio por la buena voluntad de Olivier y el arte para la persuasión y el verbo melifluo de mi embajador Sorsaburu.
Comenzamos con una brandada de merluza negra con granada y albahaca. Sé que Azema insinuará, con afán polémico, el origen francés del plato original pero en realidad es una emulsión mediterránea en donde el tradicional bacalao noruego (inexistente en estas tierras que nos ha tocado en suerte) ha sido reemplazado con acierto por merluza negra.
Seguimos con una inesperada tabla de quesos (crottin con pimienta, otro hecho de forma tradicional, queso azul, jamón y tomatitos cherry) acompañados por una fina y muy sabrosa terrina de ave.

Nos pusimos las botas con dos platos típicamente franceses que voy a llamar por su nombre original porque me temo que en la traducción se pierda musicalidad y sabor: Carré de veau cuit au feu de bois, purée d’aubergine roties et poireaux a la plancha (440) y un Duo de Canard, magret grillé et confit, petit pommes de terre bouchon e moutarde à l’ancienne (440).


Un solo postre, una torta de chocolate blanco con primorosa y delicada crema inglesa porque hay muchas cosas hechas por los pérfidos ingleses que no merece la reprobación y el olvido.
Le Sud es un gran lugar en donde no se ha perdido el respeto por algunas tradiciones, ligeramente conservadoras, que siempre he respetado: carro de quesos y otro para presentar los postres. Sé que el primero de ellos no es una opción sencilla o económica pero me encanta escuchar el ligero ruido de las ruedas y el movimiento entre las mesas. Ayer fue excepción porque no me gusta como entrada sino al final de la comida, un poco antes de los postres.
Mucho personal, atento pero no servicial para atender a un público fiel que llena el garito noche tras noche. No creo que esa concurrencia sea fruto de la casualidad o de un hallazgo inesperado.
La carta de Le Sud ofrece, en medio de otras tentaciones, un gran plato de la cocina francesa que he comido en visitas anteriores: cassoulet. No es una preparación apta para la oscuridad de la noche sino para mediodías fríos. Algún día deberíamos organizar una visita al templo de Falchi para probar ese guiso que aquí bordan con fabes y lardo de pato.
¡Vive le france y Le Sud! Gracias Olivier por preocuparte y hacernos lugar
