Escrito por Erick Estrada el 23 de marzo, 2012 18:38

Los hielos se rompen como se han roto desde 1902 en esta esquina del barrio chino del Distrito Federal, uno a uno y siempre dentro de un vaso de jaibol. Y es que esta cantina es tan vieja que a las cubas -a esas que todo mundo fabrica con ron y Coca Cola- aquí se les sigue diciendo jaiboles. “Tío Pepe” es una de las cantinas más viejas y una de las más queridas.

Bitácora 7. Jueves. Barrio Chino. Ciudad de México. Esquina de Dolores e Independencia. Metro Bellas Artes.

Así, con los hielos retumbando, se edifica la tarde en “Tío Pepe”, un lugar en el que ha estado todo mundo no porque sea popular, sino porque lleva tanto tiempo abierto que por aquí han desfilado nombres que se han convertido en históricos por millones de razones.

Es también una de las cantinas más fotogénicas y eso le ha valido para aparecer en revistas y reportajes, quizá en alguna película y en sesiones de fotos de moda, pero dolorosamente en ninguna se le ha hecho la justicia que merece. Es, antes que nada y como siempre que hablemos de cantinas, un espacio de primer nivel para remojar la garganta, para entrar a cantar las penas, para llorar en silencio el corazón roto de un hombre. Predominantemente masculina, “Tío Pepe” no duda jamás en recibir mujeres. Eso sí, cuando solamente hay hombres, como un jueves de tarde tempranera, las canciones explotan y las malas palabras viajan de un lado al otro de su gigantesca barra de madera, una de las más bonitas entre todas las de esta ciudad.

Entrar es caminar al porfiriato, concretamente a 1902, año de su fundación, y sentarse en sus butacas altas, olorosas a madera y a coñac, es oler el aire que sin tele ni música de radio desfilaba en las cantinas, centros de conversación, mesas de confabulación, lugares de pláticas íntimas entre humo y gritos de otros que preferían entrar a sanar penas y cobrar deudas.

No extraña entonces que se cuente que aquí La banda del automóvil gris ideara los atracos y robos que los hicieron lo suficientemente famosos como para merecer su propia película. Tampoco puede dejar de creerse que los beats Burroughs y Kerouac o el genio Sergei Eisenstein se hayan sentado en las mismas butacas para dejar pasar el tiempo entre vaso y vaso, y seguramente entre canción y canción. Hoy, personajes como Michael Nyman son recurrentes y caballeros de barrio chocan codos con ellos en esa barra bien acomodada, casi barroca, de madera trabajada y oscurecida por los calendarios caídos en combate.

 

La tarde afuera se apaga mientras las luces amarillas de las lámparas cerveceras de “Tío Pepe” dejan caer una luz que nunca dibuja bien los rostros pero que siempre es suficiente. En la infancia estas cantinas se volvían misteriosas desde fuera, en donde los vidrios traslúcidos que solo tienen las cantinas viejas dejaban ver siluetas agitadísimas y permitían escapar carcajadas y canciones, mucho humo y el eterno sonido de los hielos que se han roto aquí, bajo la mirada de don Aurelio Martínez  que lleva cincuenta años sirviendo “derechos” en “Tío Pepe”; hoy no está.

 

La botana es simplísima pero noble. Caldo de camarón para no perder la costumbre y, si se llega lo suficientemente temprano, tacos de guisado con un toque casero que restaurantes como El Cardenal, a pocas cuadras de aquí, envidian cuando deja que sus chefs vengan a brindar por el cierre de turno. Es cantina tempranera, de las que cierran a las 10 de la noche, aquellas que dejan que la plática empuje a la fiesta al salir a un centro de la ciudad que por aquí calma el hambre de los citadinos más exigentes sin que tengan que entrar a restaurantes de lujo.

Conforme las sombras se contrastan, destacan los toques de una cantina original y mexicanísima pero eterna y cosmopolita. Mesas redondas con tapa roja, un distintivo del lugar; espejos nublados por el tiempo, los humos de otras décadas y borrosos de tanto reflejar los rostros de una ciudad que no debería dejar de verse en ellos; techos decorados y suelos coloridos; baños pequeños apenas reformados para los nuevos tiempos; los botones en las butacas y los extremos de la barra, en la zona de mesas, botones que activa(ba)n el timbre con que el mesero trae el siguiente brandy, sirve el ron o entrega la cuenta, todo en pos de seguir la conversación mientras él cumple con su parte del ritual.

“Derechos”. Todo mundo entra y pide “derechos” de esa barra que parece iluminada desde ultratumba, y el olor de los licores fabrica ese aroma a limpio y a tranquilidad que solo se consigue con tiempo y dedicación, con solera. La cerveza es igualmente apreciada y la noche culmina con el conteo de las botellas y los vasos antes de seguir el jaleo en otro lugar.

Uno sabe que está en una cantina vieja y tradicional cuando el mesero en lugar de apresurarse y recoger las botellas y los vasos vacíos, se encarga de que lleguen a tiempo los llenos, con hielos recién salidos del congelador. Ya habrá tiempo después de contar “los muertos” sobre la mesa y sumar lo bebido, frente al cliente, que sin engaños ni “caballazos” en la cuenta puede comprobar que se le cobra lo que bebió, ni una botella más, ni un vaso menos. “Tío Pepe” es de esas, y por lo que se ve lo seguirá siendo.

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  • disqus_5B45a69l7o

    CANTINA ESTA, QUE LA CONOCÍ A LOS 18 AÑOS DE EDAD, EN LA QUE PASÉ MUCHOS RATOS DE ESPARCIMIENTO EN COMPAÑÍA DE MI AMIGO DE TODA LA VIDA, JORGE CAPOTE CASARRUBIAS, QUE ME LLEVÓ A CONOCERLA INICIALMENTE, POSTERIORMENTE CON MIS COMPAÑEROS DE TRABAJO DE LA SECRETARÍA DE AGRICULTURA Y RECURSOS HIDRÁULICOS, DE JOEL CABRERA GIRON POSTERIORMENTE, COMPAÑERO DEL TRIBUNAL SUPERIOR DE JUSTICIA DEL DISTRITO FEDERAL, DE AMIGOS DE MI RUMBO DONDE VIVO, CONOCÍ A DON AURELIO Y DON SALOMÉ, AL HIJO DE ESTE, SALOMÉ ASÍ COMO A AURELIO MARTÍNES DESDE QUE COMENCÉ A ACUDIR Y HASTA LA FECHA ACTUAL QUE RECUERDOS TENGO DE ESTE LUGAR,

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