Escrito por Erick Estrada el 26 de junio, 2012 16:43

Hemos vuelto al barrio de San Juan y lo haremos siempre que se pueda. El viaje del pulque a la cerveza abarca todo tipo de bebidas servidas en todo tipo de lugares, todos auténticos y acogedores, cápsulas donde su propio microcosmos se mantiene listo para seducir a quien se adentre con una facilidad y familiaridad fuera de serie, fuera del menú, fuera de este mundo. Hoy es el turno del Salón San Juan.

Bitácora 13. Miércoles. Salón San Juan. Puente de Peredo esquina con Aranda. Metrobús Ayuntamiento. Metro San Juan de Letrán.

 

Nunca me he explicado aquella moda de los años setenta que llenó a consultorios y departamentos de soltero de foto murales con cascadas verdes y relucientes, paisajes otoñales en medio de la entonces ciudad más grande del mundo y, claro, la famosa vista de Manhattan con el World Trade Center dominando el horizonte. Hoy, que ese WTC ha desaparecido, las fotos -de existir- deben valer una fortuna. En México solamente recuerdo haber visto dos en los últimos años. Una de ellas es precisamente un foto mural pegado a una de las paredes del Burbu, el antro rockosalsero de la colonia Roma, testigo de batallas interminables y noches que se transforman otra vez en noches. La otra, esa sí pequeña, enmarcada en ligeros trozos de madera, está colocada en una de las paredes del Salón San Juan y es, si se entra por la puerta adecuada y a pesar de su tamaño, lo primero que uno nota de peculiar en ese sitio.

El Salón es una suerte de punto de encuentro. Es donde el barrio queda de verse, donde el cargador de pollos entra a refrescarse con una cerveza y sale de nuevo al inclemente sol de Mayo a seguir la faena antes que el calor derrita el hielo donde esconde sus aves. Es el lugar donde un español querido por el barrio entrega la botana de sabor casero y limpio, sin grasa extra. Es el lugar donde los técnicos de teléfonos entran a darse una comida de cumpleaños, y a poner tres rolas en la rockola (romántica y ecléctica a la vez) para después regresar a la chamba. Es, sin duda, una de las cantinas más acogedoras y pintorescas de la zona, sin rebuscamientos.

 

Su segunda particularidad es la que me hace quererla tanto. Sus mesas, “estilo cantina mexicana”, tienen la tapa negra y brillante. El toque distintivo aparece así, con un elemental cambio de color que hace que su dueño, el español gruñón pero amable que verán en la barra cuando entren, no quiera poner manteles para servir la botana; así puede lucirlas con orgullo. Tampoco necesitamos los manteles, el lugar es limpio a más no poder, y entre semana es casi melodioso gracias a los malabares en la rockola.

 

La cerveza se anuncia desde el pizarrón puesto afuera, al lado de sus puertas tradicionales y luminosas: en bola, espumosa, fría. El menú también. Hoy toca sopa de verduras con olor a casa de la abuela. Reconfortante en medio incluso de un día tan caluroso. La comida del Salón San Juan siempre ha sido así. Es esa que hace que te sientas bien y que te sientas bien porque además sabe bien. Es como regresar a esos viernes de la infancia cuando un amigo de la escuela te invitaba a su casa a comer. No es tu menú pero no hay manera de levantar queja. Imposible. Los tacos dorados lo confirman: bien rellenos, bien vestidos, lechuga fresca, con amor de madre se podría decir.

 

Y del otro lado, la gente circula y bebe y se saltan la sopa y los tacos y piden directo la chistorra, las calorías necesarias para trabajar en un barrio tan activo. Hoy decido no regresar al trabajo, oler los platos que van y vienen inetrrumpiendo mi plática con la cerveza helada, más que necesaria en la primavera de esta ciudad.

 

Esa decisión trae a José José desde la rockola, a Daniel Santos, al Trío Matamoros. Rebota con Rigo Tovar y atraviesa a los Beatles casi sin que ella misma se dé cuenta.

 

Del segundo plato a la cuarta cerveza a los cacahuates de primera categoría. Las torres gemelas del World Trade Center están detrás de mí y cualquiera que se decida a tomarme una foto con mi digestivo (el ya descrito anís con Fernet) y esa imagen de fondo, conseguirá una foto-cápsula-del-tiempo, surgida del amabilísimo microcosmos del Salón San Juan, una de las favoritas.

 

Dato extra e importante: cierran tarde, mucho.

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