Escrito por Erick Estrada el 7 de septiembre, 2012 15:03

Mucho se habla de las cantinas de alcurnia, pero a pesar de que el diccionario es muy claro al respecto, muy pocas veces podemos ponernos de acuerdo de lo que eso significa en una cantina. Unos se remiten a las instalaciones, a la limpieza. Otros (con más experiencia y visión) la miden a partir de la comida. El resumen, frío y casi exacto, es que una cantina adquiere alcurnia por los años que lleva trabajando y que satisface a sus clientes, pero también por su capacidad de renovarse y de entregar platillos de primer nivel. Si esa comida entra en la botana o no es cosa de medirlo a lo largo de la semana. La valenciana está en esa posición y está desde hace muchos años.

 

Bitácora 16. Viernes. Cantina La valenciana. Avenida Universidad casi esquina con Casas Grandes. Narvarte. Metrobús o trolebús Centro SCOP.

 

Hace muchos años, La valenciana tuvo una época curiosa, de cantina vieja echada a perder; las memorias de esas tardes de cervezas apenas frías son las

de un sitio sombrío, con cochambre del malo, con niños llorando de aburrimiento, con sus arcos ennegrecidos por un menú poco imaginativo. Era triste ir de noche y solamente la salvaba el siempre presente (incluso ahora) buffet de mariscos de los sábados. Uno podía llegar tranquilamente, pagar el menú y comer todo lo que se pudiera con la confianza que se le tiene a una cocina de primer lugar porque, eso sí, la sazón de la cocina hacía del buffet algo por lo que valía la pena soportar las sombras.

 

La sorpresa llegó hace no mucho con la reinvención del espacio. La valenciana siempre ha sido una cantina grande. Cuenta con dos salones amplios pero distintos. Uno está decorado con arcos imitación morisco (y es que… pues es valenciana) y el otro más tradicionalmente cantinero, más americano de comienzos del siglo XX. Hoy, uno de ellos aloja a la cantina en sí, con botana casera entre semana que, aunque escueta, siempre puede se completa con el menú que, se nota, sufrió una remozada. La carta no escapa a los platillos repetidos de otras cantinas, pero el toque no solamente sigue vigente sino que recibió inyecciones vitales. Si la sopa cantinera de La providencia la ha hecho famosa, la de La valenciana le compite de cerca (pierde por el refill: allá sí hay, aquí ni lo imaginen). Si la cochinita de La Montejo es universalmente conocida, los tacos de cochinita de aquí resultan un verdadero goce, una bomba que se apaga con cerveza fría, muy fría.

 

La estrella de la noche -por lo menos de esa noche- fueron los sopes. Resulta raro y hasta pretencioso hablar de balance en un plato tan sencillo como los sopes, pero precisamente por sencillos y elementales, éstos lo tienen: dosis exacta de grasa, pollo de primera, crema de buen nivel, salsa casera que hace que den ganas de correr a los brazos de la madre en un ataque de nostalgia de la adolescencia.

 

La botana y el menú de fin de semana -para quienes los echen de menos- siguen ahí, pero contradiciendo la propia religión de la cantina, vale la pena sumergirse en lo que la carta ofrece.

 

El otro salón de La valenciana está ahora un poco más ajetreado. No es que se trate del “Club La valenciana”, es que con ese nombre y lo “privado” que el término le confiere, ahí los cantinautas pueden fumar legalmente a sus anchas aunque, cuidado, también les recetan un show musical que aunque menos invasivo que el del insufrible El desván, está ahí y se hace notar de vez en cuando.

De cualquier manera, la atmósfera de ese otro lado de la cantina merece un tanque de oxígeno para darse una vuelta y dejar que la cerveza se enfríe para volver al lado morisco y dejar que el ruido del dominó opaque poco a poco la música, muy dependiente del sistema de cable, pero nada que no se haya sobrevivido en sitios peores. Ahí hay referencias taurinas, carteles ingeniosos, mosaicos alegres, capotes coloridos y una barra que ilumina todo cuando el sol se pone, como debe de ser.

 

Alcurnia. La valenciana revitalizada recupera mucho de lo que había perdido en ese periodo casi lúgubre y aunque ahora es una cantina cara, vale mucho el ahorro para darse el gusto de una cerveza congelada, de un tequila de calidad (se me informa que aún quedan un par de ellos), de unos sopes que están para rendirles culto. Y ahí, en medio, las fiestas de cumpleaños, las reuniones en viernes de quincena, las canciones sufridoras, chocan con los vasos bien servidos y los cacahuates de cortesía. Alcurnia. Si quiere recuperarla del todo, La valenciana va por buen camino.

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